Borges, en su cuento “El Congreso”, sentenció a través de uno de sus personajes que mientras el periodista escribe para el olvido, el escritor escribe para la memoria y el tiempo. Adscribía, de esta manera, una disyunción absoluta entre el trabajo del periodista y el trabajo del escritor. Eran dos oficios apartados diametralmente, como dos orillas, porque entre ellos fluía (para seguir con una imagen borgeana) interminable el río de la realidad.

Alejo Carpentier, escritor y periodista, si bien admite que en él es imposible distinguir entre ambos oficios, marca

de nuevo esta distinción cuando dice que “serán los periodistas los que alimentarán… la gran novela del futuro con sus testimonios y sus crónicas”. Se trata de una verdad insoslayable si tomamos en cuenta que muchas novelas se han escrito a partir de

la investigación de textos periodísticos como La Guerra y la Paz de Tolstoi, Yo acuso de Zola o El siglo de las luces del propio Carpentier. Sin embargo, incluso un periodista-escritor como Carpentier defiende implícitamente el carácter transitorio y únicamente informativo del periodismo. Desde esta perspectiva, sostenida en su mayoría por la crítica literaria más tradicional, estamos ante dos géneros que se oponen por diferencia de estilo, tiempo de trabajo, uso del lenguaje y relación con la realidad.

Esta dicotomía entre periodismo y literatura sirve para entender que cuando hablamos de periodismo literario nos encontramos ante un género híbrido y fronterizo. En él se puede observar cómo los hechos cotidianos son susceptibles de un manejo literario y cómo el texto que se crea con las herramientas de la ficción no se aleja de la realidad, sino que nos acerca al aspecto más humano del acontecimiento. En el curso de la historia, el nacimiento de un género híbrido pone de relieve que ha existido un cambio en el contexto cultural. Por tanto, es importante saber por qué surge este tipo de periodismo y por qué se instaura como un elemento sustancial en el trabajo periodístico actual.

El periodismo escrito se enfrenta al hecho de que existen otros medios más rápidos y eficaces como la televisión y el Internet, para transmitir los textos puramente informativos. Por otra parte, como nunca antes en la historia de la humanidad, el acceso a los medios de comunicación se ha convertido en una necesidad natural del ser humano y la industria cultural le provee constantemente de la información que necesita. Es más, le da información que no necesita de modo que lo accesorio se vuelve fundamental y nos lleva a una conclusión atroz: lo fundamental se ha convertido en un elemento accesorio. En el bombardeo de información, característico del siglo XXI, un acontecimiento se sucede a otro en una línea interminable y difusa y frente a este cúmulo de información muchos se han entumecido frente a la realidad que ven, pero que han dejado de sentir. No es del todo incorrecta la afirmación de aquellos pesimistas que sostienen que una guerra es igual de virtual que un videojuego.

Dentro de este contexto, el periodismo literario, expresado en los géneros de opinión, en el reportaje y la crónica, es fundamental para la pervivencia del propio género periodístico. El periodismo literario nos despierta del letargo de la información continua porque nos ayuda a ser lectores del mundo. Además de informar, estos textos añaden algo al mundo, algo que no existía antes, pero cuya nueva existencia puede cambiar el curso de la historia. Pero, ¿qué añaden? Al utilizar recursos propios de la literatura, nos implica en lo que leemos y ninguna lectura verdadera nos deja inmunes. Nos identificamos y nos comprometemos. Gracias al periodismo literario, los nombres se convierten en personajes que son personas y los datos en acontecimientos que después son historias. El periodismo literario restaura la trascendencia del oficio periodístico, le da memoria y tiempo a lo que se ha vuelto inmediato. Imagino que entre esas dos orillas, el periodismo literario puede ser lo único que navega las riadas violentas de la realidad, como la pequeña barca de Aqueronte.